Parasitismo inmobiliario. Pequeños tenedores y su: «si no puedes pagarlo ya vendrá otro»


Jóvenes, pero sobre todo personas maduras e inclusive ancianas.
No solo los jóvenes están en el fregao de la lucha contra los parásitos especuladores, grandes pero sobre todo pequeños tenedores, intentando poner cordura a la avaricia.
Las personas de entre 35 a 60 años y los ancianos de más de 75 años necesitan ver un equilibrio en esta barbarie injusta, puesta de moda por los grandes tenedores, fondos de inversión y bancos y seguidos cuales loros por pequeños tenedores subiendose al carro del exprimido humano.
El problema es que la gente, los ciudadanos, los trabajadores y no trabajadores les permitimos que lo hagan.
Solo con sus acciones ya se definen con lo cual su irresponsabilidad necesariamente merece un feedback de calidad.
Hay algo profundamente preocupante, y hasta moralmente repugnante, en la forma en que determinadas personas han aprendido a mirar la vivienda no como un lugar donde alguien pueda vivir, trabajar, formar una familia o simplemente tener un hogar, sino como una herramienta para sacar el máximo rendimiento posible de la necesidad ajena, y lo más preocupante de todo es que ya ni siquiera parece producirles ningún conflicto de conciencia, porque han conseguido convertir la codicia en una especie de virtud empresarial y el abuso en una simple consecuencia inevitable del mercado, y así nos encontramos con pequeños propietarios y pequeños tenedores que quizá poseen una, dos o tres viviendas y que, en lugar de preguntarse cuál sería un precio razonable que les permitiera obtener una rentabilidad justa y al mismo tiempo permitiera a otra persona vivir dignamente, se preguntan cuánto puede llegar a pagar el siguiente que aparezca, porque esa es precisamente la mentalidad que se esconde detrás de esa frase tan fría como reveladora de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Una frase que parece puramente comercial pero que en realidad dice muchísimo de la manera de entender al prójimo, porque en ese instante el ser humano que está delante desaparece completamente y solo queda su capacidad económica, ya no existe el trabajador que necesita trasladarse a una ciudad para poder aceptar un empleo, ya no existe la persona que después de meses buscando trabajo por fin ha conseguido una oportunidad, ya no existe la familia que intenta encontrar una vivienda donde poder vivir Y tirar para adelante, ya no existe el joven que quiere independizarse, ya no existe la persona que necesita estar cerca de su puesto de trabajo, ya no existe la ilusión de comenzar una nueva etapa de vida, solamente existe «otro» que quizá pueda pagar un poco más.
Si uno no puede, sencillamente se sustituye por otro, porque aparentemente la necesidad humana se ha convertido en un producto perfectamente intercambiable y la desesperación de quien busca vivienda en una ciudad determinada se ha transformado en una oportunidad extraordinaria para incrementar unos cuantos cientos de euros la rentabilidad de un inmueble.
Si lo pensmos pacientemente podemos ver lo TERRIBLE del dilema.
Un dilema humano, no nos olvidemos, aun no somos máquinas, y lo terrible es que todavía haya quien pretenda presentarlo como algo absolutamente normal e incluso como una demostración de inteligencia económica, cuando en realidad muchas veces no hay ninguna inteligencia extraordinaria detrás de esa conducta, sino algo mucho más sencillo y mucho más antiguo, la capacidad humana de aprovechar una posición de ventaja y posteriormente construir todas las justificaciones necesarias para poder dormir tranquilo por las noches.
Nadie en su sano juicio, sino estaremos entre psicópatas incurables, suele decirse a sí mismo «voy a aprovecharme de una persona que no tiene alternativa», eso sería demasiado incómodo incluso para quien actúa de esa manera.
Pero cerca están, sin duda. ¿Que por qué lo digo?...muy simple: la mente encuentra explicaciones mucho más cómodas, «es el mercado», «todos lo hacen», «el piso es mío», «tengo derecho», «hay gente que lo paga», «nadie obliga a nadie», «si no puede pagarlo que busque otra cosa», «si él no lo quiere ya vendrá otro», «yo he luchado por ello que se jodan los vagos» y de esa manera la responsabilidad desaparece mágicamente porque siempre parece existir una fuerza exterior a la que culpar, como si el mercado fuera una criatura independiente que toma las decisiones por nosotros y nos obligara a poner el precio máximo que podamos conseguir, cuando la realidad es mucho más incómoda porque el mercado no decide por sí solo, el mercado también lo construyen las decisiones individuales de quienes lo forman.
Cuando miles de personas deciden simultáneamente que cada vivienda debe venderse o alquilarse al precio máximo que alguien esté dispuesto a soportar, después resulta tremendamente cómodo mirar alrededor y decir que «el mercado está así», como si nadie hubiera contribuido a construirlo, como si los precios hubieran aparecido por generación espontánea, como si no existiera ninguna responsabilidad individual detrás de cada cifra que aparece en un anuncio inmobiliario.
Normalidad en este?? NUNCA.
Quizá ya sea hora de planearos seriamente el pr qué deberíamos empezar a distinguir entre una cosa que es legal y una cosa que además de legal puede considerarse razonable, porque tener una vivienda es legítimo, invertir es legítimo, obtener una rentabilidad es legítimo, recuperar los gastos es legítimo y obtener beneficios también lo es, nadie está diciendo que un propietario tenga que convertirse en una organización benéfica ni que deba regalar su patrimonio, pero una cosa es obtener una rentabilidad y otra muy diferente es preguntarse cuál es el máximo que puedo extraer de alguien que necesita desesperadamente un techo.
Ahí ya no estamos hablando solamente de economía, estamos hablando de ética, estamos hablando de límites, estamos hablando de qué hacemos cuando tenemos una posición de ventaja y nadie nos obliga a comportarnos de una determinada manera, porque precisamente ahí es donde aparece el carácter de una persona, cuando puede cobrar más pero decide no hacerlo porque considera que ya obtiene una rentabilidad suficiente, cuando puede aprovecharse de una situación de escasez pero decide mantener un precio razonable, cuando puede sustituir a un buen inquilino por alguien que ofrezca cien euros más pero entiende que la estabilidad también tiene valor, cuando puede llevar el precio hasta el límite pero se pregunta si realmente es necesario hacerlo, porque la verdadera cuestión nunca debería ser únicamente «¿cuánto puedo cobrar?», sino también «¿cuánto es razonable cobrar?» y sobre todo «¿qué consecuencias tendrá para las personas que están al otro lado?», y esta última pregunta parece haber desaparecido de demasiadas conversaciones inmobiliarias, de demasiadas conversaciones de bar, de supermercado, de paseos con los perro, de reflexiones individuales.
Ya no tenemos la paciencia ni la empatía suficiente para hacerlo y el futbol o el reagueton suplen esa carga de tener que pensar.
A ver si ESPABILAMOS COÑO¡¡¡
Cuando una persona necesita una vivienda para poder trabajar, su margen de negociación no es necesariamente el mismo que el de quien posee varias propiedades y puede esperar tranquilamente al siguiente candidato, y decir «nadie te obliga a alquilarla» o «nadie te obliga a pagar ese precio» puede ser formalmente cierto pero profundamente engañoso si ignoramos las circunstancias reales de quien necesita encontrar vivienda, porque una persona puede rechazar un alquiler y quedarse sin vivienda, puede rechazarlo y perder una oportunidad laboral y tener que desplazarse decenas de kilómetros, puede rechazarlo y verse obligada a compartir una vivienda que no desea, puede rechazarlo y continuar durante meses buscando algo que pueda pagar, mientras que quien posee el inmueble simplemente espera al siguiente candidato, y esa diferencia de poder es precisamente la que hace que no podamos reducir todo el problema a «si no te interesa, no lo alquiles».
Porque cuando hablamos de vivienda no estamos hablando de un producto prescindible, no estamos hablando de elegir entre un teléfono caro y uno barato, entre un coche de una marca u otra o entre unas vacaciones más lujosas o más modestas, estamos hablando de una necesidad básica, un techo donde tener intimidad, seguridad frente a la inseguridad de las calles y la inseguridades metereológicas, y donde poder descansar con tranquilidad y eso cambia radicalmente las reglas morales del juego.
Podemos vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin vivir en algún sitio, y cuando el acceso a ese lugar depende cada vez más de cuánto dinero tenga la persona que está dispuesta a pagar, estamos creando una sociedad enferma y tocada por la incultura emocional. Ciudades plagadas de viviendas pero plagadas de parásitos que especulan con ellas.
Crear ciudades de manera coordinada en las que tener trabajo ya no garantiza poder vivir en ellas, y esa es quizá una de las contradicciones más absurdas de nuestro tiempo, queremos ciudades dinámicas, queremos empresas, trabajadores, hospitales, colegios, comercios, restaurantes, oficinas, industrias, obras, servicios y profesionales, queremos que la gente venga a trabajar y contribuya a la economía local, queremos atraer talento y actividad, pero después permitimos que el coste de la vivienda expulse precisamente a las personas que necesitamos para que esas ciudades funcionen, y entonces aparece nuevamente el pequeño propietario diciendo «si no puedes pagarlo ya vendrá otro», pero ese otro también trabaja, también tiene un salario, también paga impuestos, tiene gastos, familia o quizá quiere formar una, también necesita ahorrar y también tiene derecho a intentar construir un futuro.
Sin embargo todo eso desaparece cuando entra en el portal inmobiliario y se convierte simplemente en alguien que debe demostrar que puede pagar una determinada cantidad de dinero cada mes, y quizá ahí esté una de las formas más claras de deshumanización económica. La cual estamos aceptando cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver únicamente capacidad de pago resultando mucho más fácil justificar cualquier precio, cualquier condición y cualquier abuso.
Donde va a parar, sigue siendo mucho más difícil aprovecharse de una persona cuando conocemos su historia, cuando sabemos que tiene un empleo que necesita conservar, cuando sabemos que tiene hijos, que lleva meses buscando, que está intentando comenzar una nueva vida, pero es extraordinariamente fácil aprovecharse de «otro» porque «otro» no tiene rostro, «otro» no tiene historia y «otro» puede ser reemplazado inmediatamente por el siguiente, y eso es precisamente lo que convierte aquella frase de «ya vendrá otro» en algo mucho más grave que una simple expresión comercial, porque encierra una filosofía de vida basada en la sustitución permanente del ser humano por su capacidad económica. Y cuando esa capacidad no alcanza se prescinde de él sin ningún tipo de reflexión, como si la dignidad tuviera un precio de mercado y como si quien no pudiera alcanzar ese precio dejara automáticamente de merecer consideración.
La palabra TERROR la conocemos sobre todo de las películas, ahí radica nuestra existencia que parece que vivimos en la ficción y no es así.
Respiramos, comemos, defecamos y nos rerpoducimos para educar a las nuevas generaciones en la misma MIERDA.
Y resulta todavía más inquietante observar cómo esa mentalidad puede crecer sin que quien la practica se considere una mala persona, porque ahí entra nuevamente la psicología de la racionalización, esa capacidad que tenemos los seres humanos para construir argumentos que nos permitan convivir tranquilamente con decisiones que quizá, examinadas desde otra perspectiva, nos incomodarían profundamente, porque decir «estoy aprovechándome de que alguien necesita una vivienda» resulta desagradable, pero decir «estoy poniendo el precio que marca el mercado» suena perfectamente profesional, decir «estoy exigiendo el máximo que puedo sacar» puede parecer codicia, pero decir «estoy optimizando la rentabilidad del activo» parece una estrategia empresarial, decir «me da igual que esa persona no pueda pagarlo porque encontraré otra» puede sonar cruel, pero decir «si no hay demanda solvente buscaré otro perfil de inquilino» parece una decisión técnica, y así las palabras consiguen hacer algo extraordinario, consiguen limpiar moralmente una conducta ABSOLUTAMENTE PARASITARIA sin cambiar en absoluto sus consecuencias.
Podremos cambiar el vocabulario pero la realidad continúa siendo la misma, alguien está intentando sacar el máximo beneficio posible de una necesidad básica y otra persona está intentando encontrar un lugar donde vivir. Quizá deberíamos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre cuando las justificaciones empiezan a convertirse en una cortina detrás de la cual esconder la avaricia, porque la avaricia no siempre se presenta de forma espectacular, no siempre lleva traje caro ni aparece en las portadas de los periódicos, a veces vive perfectamente instalada en una persona aparentemente normal que tiene un piso heredado, otro que compró hace años y otro que recibió de sus padres y que simplemente descubre que puede cobrar mucho más de lo que cobraba antes porque hay gente desesperada por encontrar vivienda.
Entonces comienza el proceso: primero una pequeña subida, después otra, después otra, después compara con el vecino, después mira los portales inmobiliarios, después descubre que alguien está cobrando más y decide que él también puede hacerlo, después descubre que incluso así hay gente interesada y entonces vuelve a subir, y finalmente llega el momento en que ya no existe ninguna cifra que parezca suficiente porque siempre hay alguien que ofrece un poco más, y ese es precisamente el mecanismo psicológico de la codicia, no consiste únicamente en querer ganar dinero, consiste en perder progresivamente la capacidad de decir «ya es suficiente». Y es patológico pensar en cuantos psicópatas de libro están conviviendo con nosotros en ciudades, pueblos, villas, que cuando una cantidad deja de satisfacerte no porque no cubra sus necesidades ni proporcione una buena rentabilidad sino simplemente porque ha descubierto que puede obtener todavía más, su búsqueda deja de tener un objetivo racional y empieza a convertirse en una competición contra los demás y contra uno mismo, y entonces ya no se trata de cuánto necesita sino de cuánto puede conseguir, y ahí es donde el dinero deja de ser una herramienta para convertirse en una medida del éxito personal donde cuanto más se consigue más se necesita demostrar que puede conseguir todavía más.
Es una indisciplina moral, ya que como no se ve...si se ve y se nota. Huele, se testea y saborea con sabor ácido y a la mas nauseabunda porquería.
El problema es que esa carrera no tiene final, porque siempre habrá alguien que pueda pagar un poco más, siempre habrá alguien con más capacidad económica, siempre habrá otro que ofrezca más, y si todos actuamos de esa manera acabamos construyendo una sociedad en la que nadie está satisfecho y donde el coste de vivir aumenta continuamente porque cada uno intenta superar al anterior.
Ya nos encontramos en esa situación que fuera del ddrama humano de la necesidad, incluso el bohemio o aventurero que quiere cambiar de lugar de vivencias y exoeriencias vitales tiene que poner el pie sobre la tierra y decir...no puedo hacerlo gracias a lo pequeños tenedores.
Finalmente nos preguntamos por qué los jóvenes no pueden independizarse, por qué los trabajadores no pueden trasladarse, por qué las familias no llegan a fin de mes, por qué determinadas ciudades se vacían de población trabajadora y por qué cada vez más personas tienen que alejarse de sus puestos de trabajo para poder pagar un alquiler razonable, y quizá deberíamos dejar de mirar únicamente las consecuencias y empezar a mirar también las pequeñas decisiones individuales que las producen.
Una sociedad no se vuelve así de anormal e injusta de repente, se vuelve injusta cuando miles de pequeñas decisiones egoístas empiezan a considerarse normales, y cada una de ellas parece insignificante hasta que todas juntas construyen una realidad insoportable, una campana de irrealidad muy real y por eso creo que es necesario recuperar una idea que parece haberse perdido entre tanta discusión sobre mercado, rentabilidad, oferta y demanda, la idea de que ganar no significa necesariamente hacer perder al otro.
Es que eso no existe¡¡eso no es moralmente aceptable.
Es perfectamente posible que una relación entre propietario e inquilino sea beneficiosa para ambos, lo era hasta hace unos años.
Un propietario puede obtener una buena rentabilidad sin cobrar el máximo precio posible, puede tener seguridad, estabilidad, un inmueble bien cuidado y un inquilino que permanezca durante años.
Un inquilino puede tener una vivienda digna, un alquiler compatible con su salario, estabilidad para organizar su vida y la posibilidad de trabajar y vivir en la misma ciudad, y eso no es caridad, no es regalar una vivienda, no es renunciar a ganar dinero, es simplemente entender que una relación económica puede construirse desde el equilibrio en lugar de construirse desde la explotación de la posición más débil, desde el dividir la casa en habitaciones individuales alquilándolas casi al mismo precio de un piso completo.
Porque un buen propietario no necesita necesariamente al inquilino más desesperado, necesita al inquilino más estable, responsable y solvente, y un buen inquilino no necesita necesariamente el propietario que cobre menos, necesita un propietario razonable que respete el contrato y entienda que detrás del alquiler existe una persona que necesita estabilidad, y cuando ambas partes entienden eso aparece algo mucho más inteligente que la maximización permanente del beneficio, aparece la confianza, la duración, la estabilidad y una relación verdaderamente sostenible, y quizá esa sea la verdadera economía de la que deberíamos hablar.
Un economía donde el propietario gane, donde el inquilino gane, donde la vivienda mantenga su valor, donde la ciudad conserve a sus trabajadores y donde nadie necesite aprovecharse de la vulnerabilidad del otro para conseguir beneficios, porque no necesitamos propietarios arruinados para que existan inquilinos protegidos, ni necesitamos inquilinos explotados para que existan propietarios rentables, necesitamos EQUILIBRIO RACIONAL Y MORAL.
Necesitaos una proporcionalidad y recuperar algo tan antiguo como sencillo, la capacidad de entender que el beneficio propio tiene límites cuando empieza a destruir innecesariamente el bienestar ajeno, y quizá la verdadera pregunta que deberíamos hacernos cuando ponemos precio a una vivienda no sea «¿cuánto puedo conseguir?», sino «¿cuánto necesito realmente ganar para considerar que este negocio es justo para las dos partes?»
Si puedo obtener una buena rentabilidad cobrando una cantidad razonable:
. ¿Qué necesidad tengo de llevar al límite la capacidad económica de quien va a vivir allí?.
. ¿Qué necesidad tengo de convertir cada cien euros adicionales en una victoria personal? . . ¿Qué necesidad tengo de mirar al inquilino como alguien al que debo sacar el máximo rendimiento posible?.
Y si la única respuesta es «porque puedo», entonces quizá deberíamos reconocer que el problema ya no es económico, sino moral, porque tener la posibilidad de hacer algo no significa que necesariamente debamos hacerlo, y ahí reside precisamente la diferencia entre la libertad y la responsabilidad, entre el derecho y la ética, entre poder y saber utilizar el poder.
Una persona verdaderamente libre no es solamente aquella que puede hacer lo que quiere, sino también aquella que es capaz de ponerse límites cuando entiende que utilizarlos contra alguien que está en una posición mucho más débil sería injusto, y quizá por eso deberíamos recuperar una idea tan sencilla como revolucionaria en estos tiempos de especulación y de mitómanos en cada esquina(se creen sus propias mentiras).
Una vivienda puede ser patrimonio y al mismo tiempo hogar, puede ser inversión y al mismo tiempo necesidad, puede producir rentabilidad y al mismo tiempo permitir que otra persona construya su vida, porque no existe ninguna ley económica que diga que para que uno gane el otro tenga que perder, eso es simplemente una decisión humana.
. Si somos capaces de elegir el precio máximo posible también somos capaces de elegir un precio razonable.
. Si somos capaces de maximizar la rentabilidad también somos capaces de maximizar la estabilidad.
. Si somos capaces de pensar en nuestro beneficio también somos capaces de pensar en el beneficio de la otra parte.
Quizá ahí esté la diferencia entre hacer un negocio y aprovecharse de alguien, entre ser propietario y comportarse como si la propiedad concediera un derecho absoluto sobre la vida de los demás, entre invertir y convertir la necesidad ajena en una fuente de ingresos ilimitada.
Al final la cuestión no es si alguien tiene derecho a ganar dinero con una vivienda, por supuesto que lo tiene, la cuestión es qué clase de sociedad queremos construir cuando ese derecho se ejerce sin ningún límite moral.
Despertemos ya que claro¡¡ que podemos construir ciudades donde los trabajadores puedan vivir cerca de sus empleos, donde los jóvenes puedan independizarse, donde las familias puedan encontrar estabilidad y donde los propietarios obtengan rentabilidades razonables. Pero para ello debemos desterrar de nuestro ser que podemos construir ciudades donde solamente puedan vivir quienes sean capaces de superar constantemente el precio que exige el siguiente propietario. En este segundo escenario quizá algunos propietarios ganen más dinero, pero la sociedad entera pierde algo mucho más importante, la cohesión, la diversidad, mano de obra, familias, oportunidades y, sobre todo, pierde LA HUMANIDAD Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL.
Por eso resulta tan importante cuestionar esa frase de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Ese otro también será una persona, tendrá una vida y una familia, tendrá necesidades, problemas, límites y también merecerá ser tratado con dignidad, sin convertirlo simplemente en el siguiente candidato dispuesto a pagar más sin considerarlo la máxima expresión de la libertad de mercado.
Mientras no tengamos en mente reflexionar acerca de esto sin tener que mirar el movil cada segundos, o ver futbol en la caja tonta cada ciertos días....esto será una señal de que quizá hemos olvidado la empatía donde la canjeamos por material electrónico.
Detrás de cada transacción económica existen personas, seres humanos iguales que constituyen sociedades que pueden ser verdaderamente desarrolladas cuando eliminemos estas aberraciones no comerciables sino eliminables,.
Desterremos-acabemos con la idea de "los más fuertes sobre los más vulnerables" y sustituyámoslas por aquellas donde somos capaces de crear mecanismos en los que todos puedan prosperar sin necesitar destruir las posibilidades de los demás, sin tener que necesitar elegir entre propiedad y dignidad, entre rentabilidad y justicia, entre mercado y humanidad, podemos tener las dos cosas permitiendo que quien invierte gane dinero y al mismo tiempo permitir que quien trabaja pueda vivir dignamente para poder defender la propiedad privada y al mismo tiempo exigir responsabilidad, defender el derecho a obtener beneficios y al mismo tiempo rechazar la avaricia.
Ganar-ganar no significa que nadie gane mucho, significa que nadie tenga que ser perjudicado innecesariamente para que el otro pueda beneficiarse, y quizá esa debería ser la filosofía que recuperásemos no solamente en la vivienda sino en la economía y en la vida en general, porque una sociedad basada exclusivamente en «si tú no puedes, otro podrá» termina convirtiendo la vulnerabilidad del otro en una oportunidad para el más fuerte, mientras que una sociedad basada en «¿cómo podemos hacerlo para que los dos salgamos beneficiados?» empieza a construir algo mucho más difícil de conseguir y mucho más valioso, confianza, estabilidad y convivencia.
Po eso cuando alguien os diga «si no lo quieres ya vendrá otro», no dudemos es plantearle algo importante: No discutamos cuánto vale tu piso, sino preguntémonos:
...¿cuánto estamos dispuestos a hacer con la necesidad de otra persona para conseguir un poco más de dinero?, y quizá la respuesta a esa pregunta diga mucho más de nosotros que cualquier cantidad que aparezca en nuestra cuenta bancaria.
Los trajes, los políticos que lo llevan sin escrúpulos haciendo leyes a la carta, para que los grandes tenedores de empresas, bancos, fondos de inversión en definitiva el lobby empresarial, financiero y político maneje los hilos del mundo controlando la riqueza y consumiéndola mientras el pueblo trabaja para ellos y malvive o supervive con lo poco...
Te quieres convertir en un engranaje de ese sistema????????
no lo creo.....reflexionemos con los móviles y el futbol apagado..Jóvenes, pero sobre todo personas maduras e inclusive ancianas.
No solo los jóvenes están en el fregao de la lucha contra los parásitos especuladores, grandes pero sobre todo pequeños tenedores, intentando poner cordura a la avaricia.
Las personas de entre 35 a 60 años y los ancianos de más de 75 años necesitan ver un equilibrio en esta barbarie injusta, puesta de moda por los grandes tenedores, fondos de inversión y bancos y seguidos cuales loros por pequeños tenedores subiendose al carro del exprimido humano.
El problema es que la gente, los ciudadanos, los trabajadores y no trabajadores les permitimos que lo hagan.
Solo con sus acciones ya se definen con lo cual su irresponsabilidad necesariamente merece un feedback de calidad.
Hay algo profundamente preocupante, y hasta moralmente repugnante, en la forma en que determinadas personas han aprendido a mirar la vivienda no como un lugar donde alguien pueda vivir, trabajar, formar una familia o simplemente tener un hogar, sino como una herramienta para sacar el máximo rendimiento posible de la necesidad ajena, y lo más preocupante de todo es que ya ni siquiera parece producirles ningún conflicto de conciencia, porque han conseguido convertir la codicia en una especie de virtud empresarial y el abuso en una simple consecuencia inevitable del mercado, y así nos encontramos con pequeños propietarios y pequeños tenedores que quizá poseen una, dos o tres viviendas y que, en lugar de preguntarse cuál sería un precio razonable que les permitiera obtener una rentabilidad justa y al mismo tiempo permitiera a otra persona vivir dignamente, se preguntan cuánto puede llegar a pagar el siguiente que aparezca, porque esa es precisamente la mentalidad que se esconde detrás de esa frase tan fría como reveladora de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Una frase que parece puramente comercial pero que en realidad dice muchísimo de la manera de entender al prójimo, porque en ese instante el ser humano que está delante desaparece completamente y solo queda su capacidad económica, ya no existe el trabajador que necesita trasladarse a una ciudad para poder aceptar un empleo, ya no existe la persona que después de meses buscando trabajo por fin ha conseguido una oportunidad, ya no existe la familia que intenta encontrar una vivienda donde poder vivir Y tirar para adelante, ya no existe el joven que quiere independizarse, ya no existe la persona que necesita estar cerca de su puesto de trabajo, ya no existe la ilusión de comenzar una nueva etapa de vida, solamente existe «otro» que quizá pueda pagar un poco más.
Si uno no puede, sencillamente se sustituye por otro, porque aparentemente la necesidad humana se ha convertido en un producto perfectamente intercambiable y la desesperación de quien busca vivienda en una ciudad determinada se ha transformado en una oportunidad extraordinaria para incrementar unos cuantos cientos de euros la rentabilidad de un inmueble.
Si lo pensmos pacientemente podemos ver lo TERRIBLE del dilema.
Un dilema humano, no nos olvidemos, aun no somos máquinas, y lo terrible es que todavía haya quien pretenda presentarlo como algo absolutamente normal e incluso como una demostración de inteligencia económica, cuando en realidad muchas veces no hay ninguna inteligencia extraordinaria detrás de esa conducta, sino algo mucho más sencillo y mucho más antiguo, la capacidad humana de aprovechar una posición de ventaja y posteriormente construir todas las justificaciones necesarias para poder dormir tranquilo por las noches.
Nadie en su sano juicio, sino estaremos entre psicópatas incurables, suele decirse a sí mismo «voy a aprovecharme de una persona que no tiene alternativa», eso sería demasiado incómodo incluso para quien actúa de esa manera.
Pero cerca están, sin duda. ¿Que por qué lo digo?...muy simple: la mente encuentra explicaciones mucho más cómodas, «es el mercado», «todos lo hacen», «el piso es mío», «tengo derecho», «hay gente que lo paga», «nadie obliga a nadie», «si no puede pagarlo que busque otra cosa», «si él no lo quiere ya vendrá otro», «yo he luchado por ello que se jodan los vagos» y de esa manera la responsabilidad desaparece mágicamente porque siempre parece existir una fuerza exterior a la que culpar, como si el mercado fuera una criatura independiente que toma las decisiones por nosotros y nos obligara a poner el precio máximo que podamos conseguir, cuando la realidad es mucho más incómoda porque el mercado no decide por sí solo, el mercado también lo construyen las decisiones individuales de quienes lo forman.
Cuando miles de personas deciden simultáneamente que cada vivienda debe venderse o alquilarse al precio máximo que alguien esté dispuesto a soportar, después resulta tremendamente cómodo mirar alrededor y decir que «el mercado está así», como si nadie hubiera contribuido a construirlo, como si los precios hubieran aparecido por generación espontánea, como si no existiera ninguna responsabilidad individual detrás de cada cifra que aparece en un anuncio inmobiliario.
Normalidad en este?? NUNCA.
Quizá ya sea hora de planearos seriamente el pr qué deberíamos empezar a distinguir entre una cosa que es legal y una cosa que además de legal puede considerarse razonable, porque tener una vivienda es legítimo, invertir es legítimo, obtener una rentabilidad es legítimo, recuperar los gastos es legítimo y obtener beneficios también lo es, nadie está diciendo que un propietario tenga que convertirse en una organización benéfica ni que deba regalar su patrimonio, pero una cosa es obtener una rentabilidad y otra muy diferente es preguntarse cuál es el máximo que puedo extraer de alguien que necesita desesperadamente un techo.
Ahí ya no estamos hablando solamente de economía, estamos hablando de ética, estamos hablando de límites, estamos hablando de qué hacemos cuando tenemos una posición de ventaja y nadie nos obliga a comportarnos de una determinada manera, porque precisamente ahí es donde aparece el carácter de una persona, cuando puede cobrar más pero decide no hacerlo porque considera que ya obtiene una rentabilidad suficiente, cuando puede aprovecharse de una situación de escasez pero decide mantener un precio razonable, cuando puede sustituir a un buen inquilino por alguien que ofrezca cien euros más pero entiende que la estabilidad también tiene valor, cuando puede llevar el precio hasta el límite pero se pregunta si realmente es necesario hacerlo, porque la verdadera cuestión nunca debería ser únicamente «¿cuánto puedo cobrar?», sino también «¿cuánto es razonable cobrar?» y sobre todo «¿qué consecuencias tendrá para las personas que están al otro lado?», y esta última pregunta parece haber desaparecido de demasiadas conversaciones inmobiliarias, de demasiadas conversaciones de bar, de supermercado, de paseos con los perro, de reflexiones individuales.
Ya no tenemos la paciencia ni la empatía suficiente para hacerlo y el futbol o el reagueton suplen esa carga de tener que pensar.
A ver si ESPABILAMOS COÑO¡¡¡
Cuando una persona necesita una vivienda para poder trabajar, su margen de negociación no es necesariamente el mismo que el de quien posee varias propiedades y puede esperar tranquilamente al siguiente candidato, y decir «nadie te obliga a alquilarla» o «nadie te obliga a pagar ese precio» puede ser formalmente cierto pero profundamente engañoso si ignoramos las circunstancias reales de quien necesita encontrar vivienda, porque una persona puede rechazar un alquiler y quedarse sin vivienda, puede rechazarlo y perder una oportunidad laboral y tener que desplazarse decenas de kilómetros, puede rechazarlo y verse obligada a compartir una vivienda que no desea, puede rechazarlo y continuar durante meses buscando algo que pueda pagar, mientras que quien posee el inmueble simplemente espera al siguiente candidato, y esa diferencia de poder es precisamente la que hace que no podamos reducir todo el problema a «si no te interesa, no lo alquiles».
Porque cuando hablamos de vivienda no estamos hablando de un producto prescindible, no estamos hablando de elegir entre un teléfono caro y uno barato, entre un coche de una marca u otra o entre unas vacaciones más lujosas o más modestas, estamos hablando de una necesidad básica, un techo donde tener intimidad, seguridad frente a la inseguridad de las calles y la inseguridades metereológicas, y donde poder descansar con tranquilidad y eso cambia radicalmente las reglas morales del juego.
Podemos vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin vivir en algún sitio, y cuando el acceso a ese lugar depende cada vez más de cuánto dinero tenga la persona que está dispuesta a pagar, estamos creando una sociedad enferma y tocada por la incultura emocional. Ciudades plagadas de viviendas pero plagadas de parásitos que especulan con ellas.
Crear ciudades de manera coordinada en las que tener trabajo ya no garantiza poder vivir en ellas, y esa es quizá una de las contradicciones más absurdas de nuestro tiempo, queremos ciudades dinámicas, queremos empresas, trabajadores, hospitales, colegios, comercios, restaurantes, oficinas, industrias, obras, servicios y profesionales, queremos que la gente venga a trabajar y contribuya a la economía local, queremos atraer talento y actividad, pero después permitimos que el coste de la vivienda expulse precisamente a las personas que necesitamos para que esas ciudades funcionen, y entonces aparece nuevamente el pequeño propietario diciendo «si no puedes pagarlo ya vendrá otro», pero ese otro también trabaja, también tiene un salario, también paga impuestos, tiene gastos, familia o quizá quiere formar una, también necesita ahorrar y también tiene derecho a intentar construir un futuro.
Sin embargo todo eso desaparece cuando entra en el portal inmobiliario y se convierte simplemente en alguien que debe demostrar que puede pagar una determinada cantidad de dinero cada mes, y quizá ahí esté una de las formas más claras de deshumanización económica. La cual estamos aceptando cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver únicamente capacidad de pago resultando mucho más fácil justificar cualquier precio, cualquier condición y cualquier abuso.
Donde va a parar, sigue siendo mucho más difícil aprovecharse de una persona cuando conocemos su historia, cuando sabemos que tiene un empleo que necesita conservar, cuando sabemos que tiene hijos, que lleva meses buscando, que está intentando comenzar una nueva vida, pero es extraordinariamente fácil aprovecharse de «otro» porque «otro» no tiene rostro, «otro» no tiene historia y «otro» puede ser reemplazado inmediatamente por el siguiente, y eso es precisamente lo que convierte aquella frase de «ya vendrá otro» en algo mucho más grave que una simple expresión comercial, porque encierra una filosofía de vida basada en la sustitución permanente del ser humano por su capacidad económica. Y cuando esa capacidad no alcanza se prescinde de él sin ningún tipo de reflexión, como si la dignidad tuviera un precio de mercado y como si quien no pudiera alcanzar ese precio dejara automáticamente de merecer consideración.
La palabra TERROR la conocemos sobre todo de las películas, ahí radica nuestra existencia que parece que vivimos en la ficción y no es así.
Respiramos, comemos, defecamos y nos rerpoducimos para educar a las nuevas generaciones en la misma MIERDA.
Y resulta todavía más inquietante observar cómo esa mentalidad puede crecer sin que quien la practica se considere una mala persona, porque ahí entra nuevamente la psicología de la racionalización, esa capacidad que tenemos los seres humanos para construir argumentos que nos permitan convivir tranquilamente con decisiones que quizá, examinadas desde otra perspectiva, nos incomodarían profundamente, porque decir «estoy aprovechándome de que alguien necesita una vivienda» resulta desagradable, pero decir «estoy poniendo el precio que marca el mercado» suena perfectamente profesional, decir «estoy exigiendo el máximo que puedo sacar» puede parecer codicia, pero decir «estoy optimizando la rentabilidad del activo» parece una estrategia empresarial, decir «me da igual que esa persona no pueda pagarlo porque encontraré otra» puede sonar cruel, pero decir «si no hay demanda solvente buscaré otro perfil de inquilino» parece una decisión técnica, y así las palabras consiguen hacer algo extraordinario, consiguen limpiar moralmente una conducta ABSOLUTAMENTE PARASITARIA sin cambiar en absoluto sus consecuencias.
Podremos cambiar el vocabulario pero la realidad continúa siendo la misma, alguien está intentando sacar el máximo beneficio posible de una necesidad básica y otra persona está intentando encontrar un lugar donde vivir. Quizá deberíamos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre cuando las justificaciones empiezan a convertirse en una cortina detrás de la cual esconder la avaricia, porque la avaricia no siempre se presenta de forma espectacular, no siempre lleva traje caro ni aparece en las portadas de los periódicos, a veces vive perfectamente instalada en una persona aparentemente normal que tiene un piso heredado, otro que compró hace años y otro que recibió de sus padres y que simplemente descubre que puede cobrar mucho más de lo que cobraba antes porque hay gente desesperada por encontrar vivienda.
Entonces comienza el proceso: primero una pequeña subida, después otra, después otra, después compara con el vecino, después mira los portales inmobiliarios, después descubre que alguien está cobrando más y decide que él también puede hacerlo, después descubre que incluso así hay gente interesada y entonces vuelve a subir, y finalmente llega el momento en que ya no existe ninguna cifra que parezca suficiente porque siempre hay alguien que ofrece un poco más, y ese es precisamente el mecanismo psicológico de la codicia, no consiste únicamente en querer ganar dinero, consiste en perder progresivamente la capacidad de decir «ya es suficiente». Y es patológico pensar en cuantos psicópatas de libro están conviviendo con nosotros en ciudades, pueblos, villas, que cuando una cantidad deja de satisfacerte no porque no cubra sus necesidades ni proporcione una buena rentabilidad sino simplemente porque ha descubierto que puede obtener todavía más, su búsqueda deja de tener un objetivo racional y empieza a convertirse en una competición contra los demás y contra uno mismo, y entonces ya no se trata de cuánto necesita sino de cuánto puede conseguir, y ahí es donde el dinero deja de ser una herramienta para convertirse en una medida del éxito personal donde cuanto más se consigue más se necesita demostrar que puede conseguir todavía más.
Es una indisciplina moral, ya que como no se ve...si se ve y se nota. Huele, se testea y saborea con sabor ácido y a la mas nauseabunda porquería.
El problema es que esa carrera no tiene final, porque siempre habrá alguien que pueda pagar un poco más, siempre habrá alguien con más capacidad económica, siempre habrá otro que ofrezca más, y si todos actuamos de esa manera acabamos construyendo una sociedad en la que nadie está satisfecho y donde el coste de vivir aumenta continuamente porque cada uno intenta superar al anterior.
Ya nos encontramos en esa situación que fuera del ddrama humano de la necesidad, incluso el bohemio o aventurero que quiere cambiar de lugar de vivencias y exoeriencias vitales tiene que poner el pie sobre la tierra y decir...no puedo hacerlo gracias a lo pequeños tenedores.
Finalmente nos preguntamos por qué los jóvenes no pueden independizarse, por qué los trabajadores no pueden trasladarse, por qué las familias no llegan a fin de mes, por qué determinadas ciudades se vacían de población trabajadora y por qué cada vez más personas tienen que alejarse de sus puestos de trabajo para poder pagar un alquiler razonable, y quizá deberíamos dejar de mirar únicamente las consecuencias y empezar a mirar también las pequeñas decisiones individuales que las producen.
Una sociedad no se vuelve así de anormal e injusta de repente, se vuelve injusta cuando miles de pequeñas decisiones egoístas empiezan a considerarse normales, y cada una de ellas parece insignificante hasta que todas juntas construyen una realidad insoportable, una campana de irrealidad muy real y por eso creo que es necesario recuperar una idea que parece haberse perdido entre tanta discusión sobre mercado, rentabilidad, oferta y demanda, la idea de que ganar no significa necesariamente hacer perder al otro.
Es que eso no existe¡¡eso no es moralmente aceptable.
Es perfectamente posible que una relación entre propietario e inquilino sea beneficiosa para ambos, lo era hasta hace unos años.
Un propietario puede obtener una buena rentabilidad sin cobrar el máximo precio posible, puede tener seguridad, estabilidad, un inmueble bien cuidado y un inquilino que permanezca durante años.
Un inquilino puede tener una vivienda digna, un alquiler compatible con su salario, estabilidad para organizar su vida y la posibilidad de trabajar y vivir en la misma ciudad, y eso no es caridad, no es regalar una vivienda, no es renunciar a ganar dinero, es simplemente entender que una relación económica puede construirse desde el equilibrio en lugar de construirse desde la explotación de la posición más débil, desde el dividir la casa en habitaciones individuales alquilándolas casi al mismo precio de un piso completo.
Porque un buen propietario no necesita necesariamente al inquilino más desesperado, necesita al inquilino más estable, responsable y solvente, y un buen inquilino no necesita necesariamente el propietario que cobre menos, necesita un propietario razonable que respete el contrato y entienda que detrás del alquiler existe una persona que necesita estabilidad, y cuando ambas partes entienden eso aparece algo mucho más inteligente que la maximización permanente del beneficio, aparece la confianza, la duración, la estabilidad y una relación verdaderamente sostenible, y quizá esa sea la verdadera economía de la que deberíamos hablar.
Un economía donde el propietario gane, donde el inquilino gane, donde la vivienda mantenga su valor, donde la ciudad conserve a sus trabajadores y donde nadie necesite aprovecharse de la vulnerabilidad del otro para conseguir beneficios, porque no necesitamos propietarios arruinados para que existan inquilinos protegidos, ni necesitamos inquilinos explotados para que existan propietarios rentables, necesitamos EQUILIBRIO RACIONAL Y MORAL.
Necesitaos una proporcionalidad y recuperar algo tan antiguo como sencillo, la capacidad de entender que el beneficio propio tiene límites cuando empieza a destruir innecesariamente el bienestar ajeno, y quizá la verdadera pregunta que deberíamos hacernos cuando ponemos precio a una vivienda no sea «¿cuánto puedo conseguir?», sino «¿cuánto necesito realmente ganar para considerar que este negocio es justo para las dos partes?»
Si puedo obtener una buena rentabilidad cobrando una cantidad razonable:
. ¿Qué necesidad tengo de llevar al límite la capacidad económica de quien va a vivir allí?.
. ¿Qué necesidad tengo de convertir cada cien euros adicionales en una victoria personal? . . ¿Qué necesidad tengo de mirar al inquilino como alguien al que debo sacar el máximo rendimiento posible?.
Y si la única respuesta es «porque puedo», entonces quizá deberíamos reconocer que el problema ya no es económico, sino moral, porque tener la posibilidad de hacer algo no significa que necesariamente debamos hacerlo, y ahí reside precisamente la diferencia entre la libertad y la responsabilidad, entre el derecho y la ética, entre poder y saber utilizar el poder.
Una persona verdaderamente libre no es solamente aquella que puede hacer lo que quiere, sino también aquella que es capaz de ponerse límites cuando entiende que utilizarlos contra alguien que está en una posición mucho más débil sería injusto, y quizá por eso deberíamos recuperar una idea tan sencilla como revolucionaria en estos tiempos de especulación y de mitómanos en cada esquina(se creen sus propias mentiras).
Una vivienda puede ser patrimonio y al mismo tiempo hogar, puede ser inversión y al mismo tiempo necesidad, puede producir rentabilidad y al mismo tiempo permitir que otra persona construya su vida, porque no existe ninguna ley económica que diga que para que uno gane el otro tenga que perder, eso es simplemente una decisión humana.
. Si somos capaces de elegir el precio máximo posible también somos capaces de elegir un precio razonable.
. Si somos capaces de maximizar la rentabilidad también somos capaces de maximizar la estabilidad.
. Si somos capaces de pensar en nuestro beneficio también somos capaces de pensar en el beneficio de la otra parte.
Quizá ahí esté la diferencia entre hacer un negocio y aprovecharse de alguien, entre ser propietario y comportarse como si la propiedad concediera un derecho absoluto sobre la vida de los demás, entre invertir y convertir la necesidad ajena en una fuente de ingresos ilimitada.
Al final la cuestión no es si alguien tiene derecho a ganar dinero con una vivienda, por supuesto que lo tiene, la cuestión es qué clase de sociedad queremos construir cuando ese derecho se ejerce sin ningún límite moral.
Despertemos ya que claro¡¡ que podemos construir ciudades donde los trabajadores puedan vivir cerca de sus empleos, donde los jóvenes puedan independizarse, donde las familias puedan encontrar estabilidad y donde los propietarios obtengan rentabilidades razonables. Pero para ello debemos desterrar de nuestro ser que podemos construir ciudades donde solamente puedan vivir quienes sean capaces de superar constantemente el precio que exige el siguiente propietario. En este segundo escenario quizá algunos propietarios ganen más dinero, pero la sociedad entera pierde algo mucho más importante, la cohesión, la diversidad, mano de obra, familias, oportunidades y, sobre todo, pierde LA HUMANIDAD Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL.
Por eso resulta tan importante cuestionar esa frase de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Ese otro también será una persona, tendrá una vida y una familia, tendrá necesidades, problemas, límites y también merecerá ser tratado con dignidad, sin convertirlo simplemente en el siguiente candidato dispuesto a pagar más sin considerarlo la máxima expresión de la libertad de mercado.
Mientras no tengamos en mente reflexionar acerca de esto sin tener que mirar el movil cada segundos, o ver futbol en la caja tonta cada ciertos días....esto será una señal de que quizá hemos olvidado la empatía donde la canjeamos por material electrónico.
Detrás de cada transacción económica existen personas, seres humanos iguales que constituyen sociedades que pueden ser verdaderamente desarrolladas cuando eliminemos estas aberraciones no comerciables sino eliminables,.
Desterremos-acabemos con la idea de "los más fuertes sobre los más vulnerables" y sustituyámoslas por aquellas donde somos capaces de crear mecanismos en los que todos puedan prosperar sin necesitar destruir las posibilidades de los demás, sin tener que necesitar elegir entre propiedad y dignidad, entre rentabilidad y justicia, entre mercado y humanidad, podemos tener las dos cosas permitiendo que quien invierte gane dinero y al mismo tiempo permitir que quien trabaja pueda vivir dignamente para poder defender la propiedad privada y al mismo tiempo exigir responsabilidad, defender el derecho a obtener beneficios y al mismo tiempo rechazar la avaricia.
Ganar-ganar no significa que nadie gane mucho, significa que nadie tenga que ser perjudicado innecesariamente para que el otro pueda beneficiarse, y quizá esa debería ser la filosofía que recuperásemos no solamente en la vivienda sino en la economía y en la vida en general, porque una sociedad basada exclusivamente en «si tú no puedes, otro podrá» termina convirtiendo la vulnerabilidad del otro en una oportunidad para el más fuerte, mientras que una sociedad basada en «¿cómo podemos hacerlo para que los dos salgamos beneficiados?» empieza a construir algo mucho más difícil de conseguir y mucho más valioso, confianza, estabilidad y convivencia.
Po eso cuando alguien os diga «si no lo quieres ya vendrá otro», no dudemos es plantearle algo importante: No discutamos cuánto vale tu piso, sino preguntémonos:
...¿cuánto estamos dispuestos a hacer con la necesidad de otra persona para conseguir un poco más de dinero?, y quizá la respuesta a esa pregunta diga mucho más de nosotros que cualquier cantidad que aparezca en nuestra cuenta bancaria.
Los trajes, los políticos que lo llevan sin escrúpulos haciendo leyes a la carta, para que los grandes tenedores de empresas, bancos, fondos de inversión en definitiva el lobby empresarial, financiero y político maneje los hilos del mundo controlando la riqueza y consumiéndola mientras el pueblo trabaja para ellos y malvive o supervive con lo poco...
Te quieres convertir en un engranaje de ese sistema????????
no lo creo.....reflexionemos con los móviles y el futbol apagado..Jóvenes, pero sobre todo personas maduras e inclusive ancianas.
No solo los jóvenes están en el fregao de la lucha contra los parásitos especuladores, grandes pero sobre todo pequeños tenedores, intentando poner cordura a la avaricia.
Las personas de entre 35 a 60 años y los ancianos de más de 75 años necesitan ver un equilibrio en esta barbarie injusta, puesta de moda por los grandes tenedores, fondos de inversión y bancos y seguidos cuales loros por pequeños tenedores subiendose al carro del exprimido humano.
El problema es que la gente, los ciudadanos, los trabajadores y no trabajadores les permitimos que lo hagan.
Solo con sus acciones ya se definen con lo cual su irresponsabilidad necesariamente merece un feedback de calidad.
Hay algo profundamente preocupante, y hasta moralmente repugnante, en la forma en que determinadas personas han aprendido a mirar la vivienda no como un lugar donde alguien pueda vivir, trabajar, formar una familia o simplemente tener un hogar, sino como una herramienta para sacar el máximo rendimiento posible de la necesidad ajena, y lo más preocupante de todo es que ya ni siquiera parece producirles ningún conflicto de conciencia, porque han conseguido convertir la codicia en una especie de virtud empresarial y el abuso en una simple consecuencia inevitable del mercado, y así nos encontramos con pequeños propietarios y pequeños tenedores que quizá poseen una, dos o tres viviendas y que, en lugar de preguntarse cuál sería un precio razonable que les permitiera obtener una rentabilidad justa y al mismo tiempo permitiera a otra persona vivir dignamente, se preguntan cuánto puede llegar a pagar el siguiente que aparezca, porque esa es precisamente la mentalidad que se esconde detrás de esa frase tan fría como reveladora de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Una frase que parece puramente comercial pero que en realidad dice muchísimo de la manera de entender al prójimo, porque en ese instante el ser humano que está delante desaparece completamente y solo queda su capacidad económica, ya no existe el trabajador que necesita trasladarse a una ciudad para poder aceptar un empleo, ya no existe la persona que después de meses buscando trabajo por fin ha conseguido una oportunidad, ya no existe la familia que intenta encontrar una vivienda donde poder vivir Y tirar para adelante, ya no existe el joven que quiere independizarse, ya no existe la persona que necesita estar cerca de su puesto de trabajo, ya no existe la ilusión de comenzar una nueva etapa de vida, solamente existe «otro» que quizá pueda pagar un poco más.
Si uno no puede, sencillamente se sustituye por otro, porque aparentemente la necesidad humana se ha convertido en un producto perfectamente intercambiable y la desesperación de quien busca vivienda en una ciudad determinada se ha transformado en una oportunidad extraordinaria para incrementar unos cuantos cientos de euros la rentabilidad de un inmueble.
Si lo pensmos pacientemente podemos ver lo TERRIBLE del dilema.
Un dilema humano, no nos olvidemos, aun no somos máquinas, y lo terrible es que todavía haya quien pretenda presentarlo como algo absolutamente normal e incluso como una demostración de inteligencia económica, cuando en realidad muchas veces no hay ninguna inteligencia extraordinaria detrás de esa conducta, sino algo mucho más sencillo y mucho más antiguo, la capacidad humana de aprovechar una posición de ventaja y posteriormente construir todas las justificaciones necesarias para poder dormir tranquilo por las noches.
Nadie en su sano juicio, sino estaremos entre psicópatas incurables, suele decirse a sí mismo «voy a aprovecharme de una persona que no tiene alternativa», eso sería demasiado incómodo incluso para quien actúa de esa manera.
Pero cerca están, sin duda. ¿Que por qué lo digo?...muy simple: la mente encuentra explicaciones mucho más cómodas, «es el mercado», «todos lo hacen», «el piso es mío», «tengo derecho», «hay gente que lo paga», «nadie obliga a nadie», «si no puede pagarlo que busque otra cosa», «si él no lo quiere ya vendrá otro», «yo he luchado por ello que se jodan los vagos» y de esa manera la responsabilidad desaparece mágicamente porque siempre parece existir una fuerza exterior a la que culpar, como si el mercado fuera una criatura independiente que toma las decisiones por nosotros y nos obligara a poner el precio máximo que podamos conseguir, cuando la realidad es mucho más incómoda porque el mercado no decide por sí solo, el mercado también lo construyen las decisiones individuales de quienes lo forman.
Cuando miles de personas deciden simultáneamente que cada vivienda debe venderse o alquilarse al precio máximo que alguien esté dispuesto a soportar, después resulta tremendamente cómodo mirar alrededor y decir que «el mercado está así», como si nadie hubiera contribuido a construirlo, como si los precios hubieran aparecido por generación espontánea, como si no existiera ninguna responsabilidad individual detrás de cada cifra que aparece en un anuncio inmobiliario.
Normalidad en este?? NUNCA.
Quizá ya sea hora de planearos seriamente el pr qué deberíamos empezar a distinguir entre una cosa que es legal y una cosa que además de legal puede considerarse razonable, porque tener una vivienda es legítimo, invertir es legítimo, obtener una rentabilidad es legítimo, recuperar los gastos es legítimo y obtener beneficios también lo es, nadie está diciendo que un propietario tenga que convertirse en una organización benéfica ni que deba regalar su patrimonio, pero una cosa es obtener una rentabilidad y otra muy diferente es preguntarse cuál es el máximo que puedo extraer de alguien que necesita desesperadamente un techo.
Ahí ya no estamos hablando solamente de economía, estamos hablando de ética, estamos hablando de límites, estamos hablando de qué hacemos cuando tenemos una posición de ventaja y nadie nos obliga a comportarnos de una determinada manera, porque precisamente ahí es donde aparece el carácter de una persona, cuando puede cobrar más pero decide no hacerlo porque considera que ya obtiene una rentabilidad suficiente, cuando puede aprovecharse de una situación de escasez pero decide mantener un precio razonable, cuando puede sustituir a un buen inquilino por alguien que ofrezca cien euros más pero entiende que la estabilidad también tiene valor, cuando puede llevar el precio hasta el límite pero se pregunta si realmente es necesario hacerlo, porque la verdadera cuestión nunca debería ser únicamente «¿cuánto puedo cobrar?», sino también «¿cuánto es razonable cobrar?» y sobre todo «¿qué consecuencias tendrá para las personas que están al otro lado?», y esta última pregunta parece haber desaparecido de demasiadas conversaciones inmobiliarias, de demasiadas conversaciones de bar, de supermercado, de paseos con los perro, de reflexiones individuales.
Ya no tenemos la paciencia ni la empatía suficiente para hacerlo y el futbol o el reagueton suplen esa carga de tener que pensar.
A ver si ESPABILAMOS COÑO¡¡¡
Cuando una persona necesita una vivienda para poder trabajar, su margen de negociación no es necesariamente el mismo que el de quien posee varias propiedades y puede esperar tranquilamente al siguiente candidato, y decir «nadie te obliga a alquilarla» o «nadie te obliga a pagar ese precio» puede ser formalmente cierto pero profundamente engañoso si ignoramos las circunstancias reales de quien necesita encontrar vivienda, porque una persona puede rechazar un alquiler y quedarse sin vivienda, puede rechazarlo y perder una oportunidad laboral y tener que desplazarse decenas de kilómetros, puede rechazarlo y verse obligada a compartir una vivienda que no desea, puede rechazarlo y continuar durante meses buscando algo que pueda pagar, mientras que quien posee el inmueble simplemente espera al siguiente candidato, y esa diferencia de poder es precisamente la que hace que no podamos reducir todo el problema a «si no te interesa, no lo alquiles».
Porque cuando hablamos de vivienda no estamos hablando de un producto prescindible, no estamos hablando de elegir entre un teléfono caro y uno barato, entre un coche de una marca u otra o entre unas vacaciones más lujosas o más modestas, estamos hablando de una necesidad básica, un techo donde tener intimidad, seguridad frente a la inseguridad de las calles y la inseguridades metereológicas, y donde poder descansar con tranquilidad y eso cambia radicalmente las reglas morales del juego.
Podemos vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin vivir en algún sitio, y cuando el acceso a ese lugar depende cada vez más de cuánto dinero tenga la persona que está dispuesta a pagar, estamos creando una sociedad enferma y tocada por la incultura emocional. Ciudades plagadas de viviendas pero plagadas de parásitos que especulan con ellas.
Crear ciudades de manera coordinada en las que tener trabajo ya no garantiza poder vivir en ellas, y esa es quizá una de las contradicciones más absurdas de nuestro tiempo, queremos ciudades dinámicas, queremos empresas, trabajadores, hospitales, colegios, comercios, restaurantes, oficinas, industrias, obras, servicios y profesionales, queremos que la gente venga a trabajar y contribuya a la economía local, queremos atraer talento y actividad, pero después permitimos que el coste de la vivienda expulse precisamente a las personas que necesitamos para que esas ciudades funcionen, y entonces aparece nuevamente el pequeño propietario diciendo «si no puedes pagarlo ya vendrá otro», pero ese otro también trabaja, también tiene un salario, también paga impuestos, tiene gastos, familia o quizá quiere formar una, también necesita ahorrar y también tiene derecho a intentar construir un futuro.
Sin embargo todo eso desaparece cuando entra en el portal inmobiliario y se convierte simplemente en alguien que debe demostrar que puede pagar una determinada cantidad de dinero cada mes, y quizá ahí esté una de las formas más claras de deshumanización económica. La cual estamos aceptando cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver únicamente capacidad de pago resultando mucho más fácil justificar cualquier precio, cualquier condición y cualquier abuso.
Donde va a parar, sigue siendo mucho más difícil aprovecharse de una persona cuando conocemos su historia, cuando sabemos que tiene un empleo que necesita conservar, cuando sabemos que tiene hijos, que lleva meses buscando, que está intentando comenzar una nueva vida, pero es extraordinariamente fácil aprovecharse de «otro» porque «otro» no tiene rostro, «otro» no tiene historia y «otro» puede ser reemplazado inmediatamente por el siguiente, y eso es precisamente lo que convierte aquella frase de «ya vendrá otro» en algo mucho más grave que una simple expresión comercial, porque encierra una filosofía de vida basada en la sustitución permanente del ser humano por su capacidad económica. Y cuando esa capacidad no alcanza se prescinde de él sin ningún tipo de reflexión, como si la dignidad tuviera un precio de mercado y como si quien no pudiera alcanzar ese precio dejara automáticamente de merecer consideración.
La palabra TERROR la conocemos sobre todo de las películas, ahí radica nuestra existencia que parece que vivimos en la ficción y no es así.
Respiramos, comemos, defecamos y nos rerpoducimos para educar a las nuevas generaciones en la misma MIERDA.
Y resulta todavía más inquietante observar cómo esa mentalidad puede crecer sin que quien la practica se considere una mala persona, porque ahí entra nuevamente la psicología de la racionalización, esa capacidad que tenemos los seres humanos para construir argumentos que nos permitan convivir tranquilamente con decisiones que quizá, examinadas desde otra perspectiva, nos incomodarían profundamente, porque decir «estoy aprovechándome de que alguien necesita una vivienda» resulta desagradable, pero decir «estoy poniendo el precio que marca el mercado» suena perfectamente profesional, decir «estoy exigiendo el máximo que puedo sacar» puede parecer codicia, pero decir «estoy optimizando la rentabilidad del activo» parece una estrategia empresarial, decir «me da igual que esa persona no pueda pagarlo porque encontraré otra» puede sonar cruel, pero decir «si no hay demanda solvente buscaré otro perfil de inquilino» parece una decisión técnica, y así las palabras consiguen hacer algo extraordinario, consiguen limpiar moralmente una conducta ABSOLUTAMENTE PARASITARIA sin cambiar en absoluto sus consecuencias.
Podremos cambiar el vocabulario pero la realidad continúa siendo la misma, alguien está intentando sacar el máximo beneficio posible de una necesidad básica y otra persona está intentando encontrar un lugar donde vivir. Quizá deberíamos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre cuando las justificaciones empiezan a convertirse en una cortina detrás de la cual esconder la avaricia, porque la avaricia no siempre se presenta de forma espectacular, no siempre lleva traje caro ni aparece en las portadas de los periódicos, a veces vive perfectamente instalada en una persona aparentemente normal que tiene un piso heredado, otro que compró hace años y otro que recibió de sus padres y que simplemente descubre que puede cobrar mucho más de lo que cobraba antes porque hay gente desesperada por encontrar vivienda.
Entonces comienza el proceso: primero una pequeña subida, después otra, después otra, después compara con el vecino, después mira los portales inmobiliarios, después descubre que alguien está cobrando más y decide que él también puede hacerlo, después descubre que incluso así hay gente interesada y entonces vuelve a subir, y finalmente llega el momento en que ya no existe ninguna cifra que parezca suficiente porque siempre hay alguien que ofrece un poco más, y ese es precisamente el mecanismo psicológico de la codicia, no consiste únicamente en querer ganar dinero, consiste en perder progresivamente la capacidad de decir «ya es suficiente». Y es patológico pensar en cuantos psicópatas de libro están conviviendo con nosotros en ciudades, pueblos, villas, que cuando una cantidad deja de satisfacerte no porque no cubra sus necesidades ni proporcione una buena rentabilidad sino simplemente porque ha descubierto que puede obtener todavía más, su búsqueda deja de tener un objetivo racional y empieza a convertirse en una competición contra los demás y contra uno mismo, y entonces ya no se trata de cuánto necesita sino de cuánto puede conseguir, y ahí es donde el dinero deja de ser una herramienta para convertirse en una medida del éxito personal donde cuanto más se consigue más se necesita demostrar que puede conseguir todavía más.
Es una indisciplina moral, ya que como no se ve...si se ve y se nota. Huele, se testea y saborea con sabor ácido y a la mas nauseabunda porquería.
El problema es que esa carrera no tiene final, porque siempre habrá alguien que pueda pagar un poco más, siempre habrá alguien con más capacidad económica, siempre habrá otro que ofrezca más, y si todos actuamos de esa manera acabamos construyendo una sociedad en la que nadie está satisfecho y donde el coste de vivir aumenta continuamente porque cada uno intenta superar al anterior.
Ya nos encontramos en esa situación que fuera del ddrama humano de la necesidad, incluso el bohemio o aventurero que quiere cambiar de lugar de vivencias y exoeriencias vitales tiene que poner el pie sobre la tierra y decir...no puedo hacerlo gracias a lo pequeños tenedores.
Finalmente nos preguntamos por qué los jóvenes no pueden independizarse, por qué los trabajadores no pueden trasladarse, por qué las familias no llegan a fin de mes, por qué determinadas ciudades se vacían de población trabajadora y por qué cada vez más personas tienen que alejarse de sus puestos de trabajo para poder pagar un alquiler razonable, y quizá deberíamos dejar de mirar únicamente las consecuencias y empezar a mirar también las pequeñas decisiones individuales que las producen.
Una sociedad no se vuelve así de anormal e injusta de repente, se vuelve injusta cuando miles de pequeñas decisiones egoístas empiezan a considerarse normales, y cada una de ellas parece insignificante hasta que todas juntas construyen una realidad insoportable, una campana de irrealidad muy real y por eso creo que es necesario recuperar una idea que parece haberse perdido entre tanta discusión sobre mercado, rentabilidad, oferta y demanda, la idea de que ganar no significa necesariamente hacer perder al otro.
Es que eso no existe¡¡eso no es moralmente aceptable.
Es perfectamente posible que una relación entre propietario e inquilino sea beneficiosa para ambos, lo era hasta hace unos años.
Un propietario puede obtener una buena rentabilidad sin cobrar el máximo precio posible, puede tener seguridad, estabilidad, un inmueble bien cuidado y un inquilino que permanezca durante años.
Un inquilino puede tener una vivienda digna, un alquiler compatible con su salario, estabilidad para organizar su vida y la posibilidad de trabajar y vivir en la misma ciudad, y eso no es caridad, no es regalar una vivienda, no es renunciar a ganar dinero, es simplemente entender que una relación económica puede construirse desde el equilibrio en lugar de construirse desde la explotación de la posición más débil, desde el dividir la casa en habitaciones individuales alquilándolas casi al mismo precio de un piso completo.
Porque un buen propietario no necesita necesariamente al inquilino más desesperado, necesita al inquilino más estable, responsable y solvente, y un buen inquilino no necesita necesariamente el propietario que cobre menos, necesita un propietario razonable que respete el contrato y entienda que detrás del alquiler existe una persona que necesita estabilidad, y cuando ambas partes entienden eso aparece algo mucho más inteligente que la maximización permanente del beneficio, aparece la confianza, la duración, la estabilidad y una relación verdaderamente sostenible, y quizá esa sea la verdadera economía de la que deberíamos hablar.
Un economía donde el propietario gane, donde el inquilino gane, donde la vivienda mantenga su valor, donde la ciudad conserve a sus trabajadores y donde nadie necesite aprovecharse de la vulnerabilidad del otro para conseguir beneficios, porque no necesitamos propietarios arruinados para que existan inquilinos protegidos, ni necesitamos inquilinos explotados para que existan propietarios rentables, necesitamos EQUILIBRIO RACIONAL Y MORAL.
Necesitaos una proporcionalidad y recuperar algo tan antiguo como sencillo, la capacidad de entender que el beneficio propio tiene límites cuando empieza a destruir innecesariamente el bienestar ajeno, y quizá la verdadera pregunta que deberíamos hacernos cuando ponemos precio a una vivienda no sea «¿cuánto puedo conseguir?», sino «¿cuánto necesito realmente ganar para considerar que este negocio es justo para las dos partes?»
Si puedo obtener una buena rentabilidad cobrando una cantidad razonable:
. ¿Qué necesidad tengo de llevar al límite la capacidad económica de quien va a vivir allí?.
. ¿Qué necesidad tengo de convertir cada cien euros adicionales en una victoria personal? . . ¿Qué necesidad tengo de mirar al inquilino como alguien al que debo sacar el máximo rendimiento posible?.
Y si la única respuesta es «porque puedo», entonces quizá deberíamos reconocer que el problema ya no es económico, sino moral, porque tener la posibilidad de hacer algo no significa que necesariamente debamos hacerlo, y ahí reside precisamente la diferencia entre la libertad y la responsabilidad, entre el derecho y la ética, entre poder y saber utilizar el poder.
Una persona verdaderamente libre no es solamente aquella que puede hacer lo que quiere, sino también aquella que es capaz de ponerse límites cuando entiende que utilizarlos contra alguien que está en una posición mucho más débil sería injusto, y quizá por eso deberíamos recuperar una idea tan sencilla como revolucionaria en estos tiempos de especulación y de mitómanos en cada esquina(se creen sus propias mentiras).
Una vivienda puede ser patrimonio y al mismo tiempo hogar, puede ser inversión y al mismo tiempo necesidad, puede producir rentabilidad y al mismo tiempo permitir que otra persona construya su vida, porque no existe ninguna ley económica que diga que para que uno gane el otro tenga que perder, eso es simplemente una decisión humana.
. Si somos capaces de elegir el precio máximo posible también somos capaces de elegir un precio razonable.
. Si somos capaces de maximizar la rentabilidad también somos capaces de maximizar la estabilidad.
. Si somos capaces de pensar en nuestro beneficio también somos capaces de pensar en el beneficio de la otra parte.
Quizá ahí esté la diferencia entre hacer un negocio y aprovecharse de alguien, entre ser propietario y comportarse como si la propiedad concediera un derecho absoluto sobre la vida de los demás, entre invertir y convertir la necesidad ajena en una fuente de ingresos ilimitada.
Al final la cuestión no es si alguien tiene derecho a ganar dinero con una vivienda, por supuesto que lo tiene, la cuestión es qué clase de sociedad queremos construir cuando ese derecho se ejerce sin ningún límite moral.
Despertemos ya que claro¡¡ que podemos construir ciudades donde los trabajadores puedan vivir cerca de sus empleos, donde los jóvenes puedan independizarse, donde las familias puedan encontrar estabilidad y donde los propietarios obtengan rentabilidades razonables. Pero para ello debemos desterrar de nuestro ser que podemos construir ciudades donde solamente puedan vivir quienes sean capaces de superar constantemente el precio que exige el siguiente propietario. En este segundo escenario quizá algunos propietarios ganen más dinero, pero la sociedad entera pierde algo mucho más importante, la cohesión, la diversidad, mano de obra, familias, oportunidades y, sobre todo, pierde LA HUMANIDAD Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL.
Por eso resulta tan importante cuestionar esa frase de «si tú no lo quieres ya vendrá otro».
Ese otro también será una persona, tendrá una vida y una familia, tendrá necesidades, problemas, límites y también merecerá ser tratado con dignidad, sin convertirlo simplemente en el siguiente candidato dispuesto a pagar más sin considerarlo la máxima expresión de la libertad de mercado.
Mientras no tengamos en mente reflexionar acerca de esto sin tener que mirar el movil cada segundos, o ver futbol en la caja tonta cada ciertos días....esto será una señal de que quizá hemos olvidado la empatía donde la canjeamos por material electrónico.
Detrás de cada transacción económica existen personas, seres humanos iguales que constituyen sociedades que pueden ser verdaderamente desarrolladas cuando eliminemos estas aberraciones no comerciables sino eliminables,.
Desterremos-acabemos con la idea de "los más fuertes sobre los más vulnerables" y sustituyámoslas por aquellas donde somos capaces de crear mecanismos en los que todos puedan prosperar sin necesitar destruir las posibilidades de los demás, sin tener que necesitar elegir entre propiedad y dignidad, entre rentabilidad y justicia, entre mercado y humanidad, podemos tener las dos cosas permitiendo que quien invierte gane dinero y al mismo tiempo permitir que quien trabaja pueda vivir dignamente para poder defender la propiedad privada y al mismo tiempo exigir responsabilidad, defender el derecho a obtener beneficios y al mismo tiempo rechazar la avaricia.
Ganar-ganar no significa que nadie gane mucho, significa que nadie tenga que ser perjudicado innecesariamente para que el otro pueda beneficiarse, y quizá esa debería ser la filosofía que recuperásemos no solamente en la vivienda sino en la economía y en la vida en general, porque una sociedad basada exclusivamente en «si tú no puedes, otro podrá» termina convirtiendo la vulnerabilidad del otro en una oportunidad para el más fuerte, mientras que una sociedad basada en «¿cómo podemos hacerlo para que los dos salgamos beneficiados?» empieza a construir algo mucho más difícil de conseguir y mucho más valioso, confianza, estabilidad y convivencia.
Po eso cuando alguien os diga «si no lo quieres ya vendrá otro», no dudemos es plantearle algo importante: No discutamos cuánto vale tu piso, sino preguntémonos:
...¿cuánto estamos dispuestos a hacer con la necesidad de otra persona para conseguir un poco más de dinero?, y quizá la respuesta a esa pregunta diga mucho más de nosotros que cualquier cantidad que aparezca en nuestra cuenta bancaria.
Los trajes, los políticos que lo llevan sin escrúpulos haciendo leyes a la carta, para que los grandes tenedores de empresas, bancos, fondos de inversión en definitiva el lobby empresarial, financiero y político maneje los hilos del mundo controlando la riqueza y consumiéndola mientras el pueblo trabaja para ellos y malvive o supervive con lo poco...
Te quieres convertir en un engranaje de ese sistema????????
no lo creo.....reflexionemos con los móviles y el futbol apagado..





Comentarios