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La Muralla Roja y El Juego del Calamar: cuando la arquitectura se convierte en una experiencia espacial

Foto del escritor: iván sousa
iván sousa
7 jul
11 min de lectura

"Estamos acostumbrados a mirar y valorar siempre el destino....pero qué pasa con el recorrido?...a mi es el que me gusta..."

Es mío esto, lo siento mucho a los que os gustan las frases hechas.

Hay edificios que llaman la atención por su tamaño, otros por su historia y hay algunos que, desde el primer instante, despiertan una sensación difícil de explicar porque parecen pertenecer a un lugar que no es del todo real.

Eso es precisamente lo que ocurre cuando observo La Muralla Roja, una de las obras más emblemáticas del arquitecto español Ricardo Bofill y una de mis preferidas.

Se que para los puristas, si esos Arquitectos igual como tú que decir que te gusta una obra del innombrable Bofill es un sacrilegio y algo de alguien que " igual no tiene ni idea..."

Es posible...pero me gusta y sabes por qué? Mira te lo voy a explicar.


Todo se reduce a un tipo de disfrute del espacio, ya que de eso se base el fundamento más importante de la Arquitectura, al menos la de los que disfrutamos con ella desde un punto de vista coordinado, cooperativo y funcional....la Arquitectura espacial, experiencial.

Por eso no resulta extraño que, los rompecabezas, el misterio de la primera impresión, de la búsqueda de función, de belleza llene por completo ese ansia posterior de querer sin poder remediarlo representarlo en papel...en pantalla haciendo los planos...mis planos.

La muralla roja es para mi un reto, un misterio y un deseo de pisarlo y recorrerlo. Sobre todo ese acceso a la piscina. No se tiene cierta magia así como sus visiones y perspectivas.


¿Por qué la Muralla Roja? pues porque es plebeyo, es mundano y es profano. Se tiene que sacar la excelencia, ese palo metido por el trasero que tenéis algunos Arquitectos y bajar del Olimpo a la tierra.

Me gusta defender las causas perdidas, los denostados, los criticados por aquellos a los que deberían ir todas esas críticas solamente por...existir y ser así.

Por eso me gusta.

Pero hay algo más.

Desde el estreno de El Juego del Calamar, muchas personas han encontrado un parecido sorprendente entre los escenarios de la serie y este singular edificio situado frente al Mediterráneo, en Calpe.

Las escaleras que parecen no terminar nunca, los recorridos que cambian constantemente de dirección y el intenso juego de colores entre rojos, rosas y azules transmiten una sensación muy similar. A simple vista, ambos parecen compartir el mismo lenguaje visual.

La pregunta surge casi de forma automática: ¿se inspiró realmente la serie en La Muralla Roja?


La respuesta, al menos por ahora, es sencilla. No existe ninguna declaración oficial del director ni del equipo artístico que confirme esa relación. Desde un punto de vista riguroso, no sería correcto afirmar que existe una inspiración directa.

Sin embargo, tampoco sería justo pensar que las semejanzas son una simple casualidad.


Aunque no haya una conexión demostrada, ambas obras comparten una manera muy parecida de entender el espacio. En las dos, la arquitectura deja de ser un simple escenario para convertirse en una parte esencial de la experiencia. El recorrido importa tanto como el destino y la geometría deja de ser únicamente una cuestión estética para convertirse en un instrumento capaz de despertar emociones.

Para comprender por qué sucede esto hay que viajar hasta finales de los años sesenta. Cuando Ricardo Bofill comenzó a diseñar La Muralla Roja no estaba pensando únicamente en construir un edificio donde vivir. Su objetivo era mucho más ambicioso. Quería demostrar que una vivienda podía convertirse en una experiencia, que la arquitectura podía emocionar tanto como una obra de arte o una pieza musical y podía ser un juego muy confortable.


Hoy esta idea puede parecernos natural, pero en aquella época suponía una forma muy distinta de entender la arquitectura. Durante buena parte del siglo XX, el esfuerzo de muchos arquitectos se había centrado en resolver cuestiones funcionales, estructurales y técnicas. Bofill, sin renunciar a todo ello, decidió añadir una dimensión que pocas veces ocupaba el primer plano: la experiencia de las personas.

Y aquí aparece uno de los principios más fascinantes de la arquitectura.

La mayoría de nosotros pensamos que un edificio está formado por muros, ventanas, pilares o cubiertas. Y queremos verlo hecho para admirarlo..algunas veces ni tan siquiera conociendolo.

Sin embargo, un arquitecto sabe que un edificio también está construido por el camino que recorremos dentro de él. La arquitectura no empieza cuando la observamos desde fuera; empieza cuando la caminamos.


Hay edificios que se entienden con una sola mirada y otros que solo revelan su verdadera esencia cuando comenzamos a recorrerlos. La Muralla Roja pertenece, sin ninguna duda, a este segundo grupo.

Cada escalera, cada pasarela, cada patio y cada cambio de dirección modifican nuestra percepción del espacio. Nada está colocado únicamente porque resulte bonito o funcional. Todo forma parte de una secuencia cuidadosamente pensada para provocar una sensación concreta en quien la recorre.

Ese planteamiento constituye uno de los fundamentos de lo que hoy conocemos como arquitectura espacial. No se trata únicamente de proyectar espacios atractivos, sino de diseñar la forma en que esos espacios se descubren. La arquitectura deja de entenderse como un objeto inmóvil para convertirse en una experiencia que cambia a medida que avanzamos.

Eso es exactamente lo que ocurre en La Muralla Roja.

El edificio nunca se muestra por completo. Siempre guarda algo para el siguiente giro.

Uno avanza unos metros y aparece un patio inesperado. Sube una escalera y descubre una nueva perspectiva del mar. Cruza una pasarela y la relación entre el cielo, el edificio y el paisaje cambia por completo. Es como si la arquitectura estuviera conversando con quien la visita, revelando poco a poco cada uno de sus espacios.

Y eso desde un puto de vista barato sin tener que ir al cielo de los hombre y mujeres de bien, estudiados en las mejores universidades con bastón, sombrero y enagua de hilo de oro.

Por ello la soberbia de su autor en aquel momento iba dejando rastros de la maduración tranquilizadora de sensaciones emancipadoramente enfermas y competitivas bien aprendidas en las aulas de las Escuelas de Arquitectura

Y quizá ahí reside una de las mayores genialidades de Ricardo Bofill.


Entendió que la verdadera belleza no consiste en mostrarlo todo desde el primer momento. Al contrario. Comprendió que aquello que descubrimos poco a poco permanece durante mucho más tiempo en nuestra memoria.

La sorpresa, lejos de ser un accidente, se convierte en una herramienta de proyecto y de experiencia.

Lo fácil y finalizado es bonito, al menos durante 5 horas. Luego se olvida.

En cambio existe un lugar donde esta idea espacial alcanza su máxima expresión: la piscina situada en la cubierta.

En la mayor parte de los edificios actuales, el recorrido hasta una zona común responde a un criterio muy sencillo: llegar lo antes posible. Todo está pensado para que el desplazamiento sea rápido y directo.

Ricardo Bofill plantea exactamente lo contrario.

Para llegar a la piscina no basta con subir unas escaleras y abrir una puerta. El recorrido forma parte de la experiencia. Hay que ascender poco a poco, atravesar pasarelas, cambiar varias veces de dirección y, durante unos instantes, aceptar esa agradable sensación de haber perdido la referencia del conjunto. No es una desorientación incómoda; es una invitación a seguir explorando.

Y entonces sucede algo extraordinario.


Casi sin darte cuenta, el edificio se abre de repente y el Mediterráneo aparece frente a ti. La piscina surge suspendida entre la arquitectura y el horizonte, como si hubiera estado esperando pacientemente ese momento.

No es una casualidad.

Bofill podría haber mostrado ese espacio desde el primer instante, pero decidió ocultarlo. Quería que el visitante llegara hasta él después de un recorrido lleno de pequeños descubrimientos. Sabía que la emoción sería mucho mayor.

Y tenía razón.

La piscina deja de ser simplemente una zona de ocio para convertirse en el desenlace de una historia que la propia arquitectura ha ido contando paso a paso. La belleza ya no depende únicamente del espacio, sino del camino recorrido para llegar hasta él.

Quizá esa sea una de las mayores lecciones que nos deja La Muralla Roja.

El frescor, la emoción, la satisfacción de la necesidad complacida...todo ello desde un punto de vista realista no poético.

La arquitectura no es para ricos.....es para todos y los pobres también nos podemos emocionar con la Arquitectura. En eso consiste no solo en únicamente construir edificios bellos. También consiste en saber cuándo mostrar un espacio y cuándo esconderlo.

En crear expectativa, en despertar curiosidad, en permitir que las personas descubran la obra a su propio ritmo.

Porque, al final, la emoción no aparece cuando llegamos al destino.

La emoción nace mientras caminamos hacia él.


La forma de entender el recorrido que propone Ricardo Bofill recuerda inevitablemente a uno de los grandes conceptos de la arquitectura moderna: la "promenade architecturale" desarrollada por Le Corbusier. Según esta idea, un edificio no puede comprenderse desde una única fotografía ni desde un solo punto de vista. Hay que caminarlo. Solo entonces comienza a revelar su auténtica personalidad.

Es cierto que Bofill era un crítico insaciable de la obra de Le Corbusier, sobre todo en los últimos momentos del Arquitecto, aunque hay un matiz importante a determinar. No de la obra Arquitectónica del Artista de sino de su Urbanismo oscuro y autárquico.

De lo otro mamó y enamoró como todo estudiante de Arquitectura y Delineación de entre los años 1960 del siglo pasado y 2026 de este instante.

Sin embargo, Ricardo Bofill introduce un matiz que convierte esta experiencia en algo todavía más rico.


Mientras Le Corbusier dirige el recorrido con una precisión casi matemática, Bofill deja un mayor margen para el descubrimiento personal. El visitante no siente que está siguiendo un itinerario impuesto; tiene la impresión de estar explorando un pequeño fragmento de ciudad. Cada persona encuentra un rincón diferente, una perspectiva distinta o una secuencia espacial que otra quizá nunca llegue a descubrir. Esa libertad convierte cada recorrido en una experiencia única.

Es aquí donde aparece otro de los aspectos más interesantes de La Muralla Roja y uno de los menos comentados cuando se analiza esta obra: su carácter profundamente cooperativo.

Y no hablamos únicamente del concepto de vivienda colectiva.

Hablamos de una arquitectura que coopera con las personas.

El edificio no obliga a vivirlo de una única manera. No dicta un recorrido cerrado ni impone una experiencia idéntica para todos. Al contrario, invita a participar. Cada habitante establece una relación diferente con el espacio, con la luz, con el paisaje y con los recorridos cotidianos.


Podríamos decir que la arquitectura deja de ser un objeto terminado para convertirse en una conversación permanente entre el edificio y quienes lo habitan.

Esa es una idea extraordinariamente avanzada incluso para los estándares actuales.

Cuando una persona vive durante años en La Muralla Roja, nunca deja de descubrir pequeños detalles. Una sombra diferente según la estación del año. Un rincón desde el que el mar parece más cercano. Un juego de luces que solo aparece durante unos minutos al atardecer. Son experiencias que no pueden dibujarse en un plano porque pertenecen al tiempo y a la forma en que cada individuo vive el edificio.

En ese sentido, La Muralla Roja se parece mucho más a una pequeña ciudad que a un bloque convencional de viviendas.

Y quizá esa comparación no sea casual.

Ricardo Bofill estudió con enorme profundidad la arquitectura tradicional del Mediterráneo y del norte de África. Las antiguas kasbah, las medinas y las fortalezas islámicas le enseñaron una lección que marcaría profundamente su manera de proyectar: los mejores espacios no siempre son los que se muestran de inmediato.

En esos lugares, la arquitectura nunca se revela de golpe.


Los recorridos se estrechan y se ensanchan, los patios aparecen inesperadamente, la luz cambia constantemente y cada esquina invita a seguir caminando. No existe un único punto desde el que comprender el conjunto. Es necesario recorrerlo, perderse durante unos minutos y dejar que el propio espacio vaya construyendo la experiencia.

La Muralla Roja recoge esa misma filosofía, pero la traduce a un lenguaje completamente contemporáneo.

En lugar de reproducir literalmente una fortaleza mediterránea, Ricardo Bofill trabaja con volúmenes geométricos puros, prismas, patios, puentes y escaleras que se entrelazan formando una composición tridimensional extraordinariamente compleja y, al mismo tiempo, sorprendentemente lógica.

Detrás de esa aparente complejidad existe un orden muy preciso.

Nada está colocado al azar.

Cada volumen responde a una modulación rigurosa que permitió racionalizar la construcción y hacer viable un proyecto que, visualmente, parece casi imposible de ejecutar.

Ese equilibrio entre creatividad y lógica constructiva constituye una de las mayores virtudes de la obra.

Porque la buena arquitectura nunca consiste únicamente en imaginar formas espectaculares. También debe ser capaz de construirse y eso muy pocos Arquitectos se libran de la gran quema de realidad....inclusive las Diosas como Zaha Hadid, la retadora volumétrica y brutalista a la gravedad y a la ilógica humana y planetaria.



Otro de los elementos que convierten a La Muralla Roja en una obra excepcional es el uso del color.

Muchas veces se piensa que sus famosos tonos rojizos, rosas y azules responden simplemente a una decisión estética. Sin embargo, reducir el color a una cuestión decorativa sería no comprender el pensamiento de Ricardo Bofill.

En este edificio, el color es arquitectura.


Los tonos rojizos dialogan con la tierra y con la idea de fortaleza. Los azules prolongan visualmente el cielo y el Mediterráneo hasta el punto de que, en determinados momentos del día, los límites entre la arquitectura y el paisaje parecen desaparecer. Los rosas y violetas suavizan la rotundidad del hormigón y aportan una calidez inesperada a un material que tradicionalmente asociamos con la dureza.

Huérfanos de Arquitectos del y con el color Bofill dió, sin duda, una intensa lección inspirado, quien sabe, en el mago del color en la Arquitectura Luis Barragán.

Gracias a esta estrategia, el edificio nunca ofrece exactamente la misma imagen.

-La luz cambia.

-El cielo cambia.

-El mar cambia y habla con el horizonte.

Y, con ellos, cambia también la arquitectura.


Es como si el edificio estuviera vivo.

La luz desempeña un papel igualmente decisivo. No se limita a iluminar los espacios; los transforma y las sombras alargan los recorridos, modifican la profundidad visual y hacen que una misma escalera parezca completamente distinta por la mañana que al atardecer.

En realidad, el sol actúa como un material más del proyecto.

Ricardo Bofill no diseña únicamente con hormigón, geometría o color.

Diseña también con la luz.

Todo ello produce un efecto que la psicología ambiental conoce muy bien.

La arquitectura influye directamente en nuestra manera de sentir.

En La Muralla Roja existe una ligera sensación de desorientación, pero nunca llega a convertirse en incomodidad. Es una desorientación amable. La suficiente para despertar la curiosidad y mantenernos atentos, pero no tanta como para provocar rechazo ni hastío.

Cada cambio de dirección invita a seguir caminando. Cada rincón promete un nuevo descubrimiento. Cada recorrido despierta el deseo de saber qué encontraremos unos metros más adelante.

Y quizá sea precisamente ahí donde reside la verdadera grandeza de esta obra.

La arquitectura deja de limitarse a resolver un programa funcional para convertirse en una experiencia emocional.

No solo protege de la lluvia o del sol, también despierta curiosidad, nos sorprende.

Invita a detenerse, a construir recuerdos.

Pocas disciplinas tienen esa capacidad.

Llegados a este punto resulta mucho más fácil entender por qué tantas personas relacionan La Muralla Roja con los escenarios de El Juego del Calamar.

Las semejanzas visuales existen y son evidentes.

En ambas aparecen escaleras que parecen multiplicarse hasta el infinito, recorridos que cambian constantemente de dirección y espacios donde resulta difícil orientarse en un primer momento.

Pero la diferencia aparece cuando analizamos la intención de cada proyecto.

En El Juego del Calamar, la arquitectura se convierte en una herramienta psicológica destinada a generar incertidumbre, ansiedad y una constante sensación de pérdida de control. Los personajes nunca saben exactamente dónde están ni qué encontrarán a continuación. Y esa sensación del juego eterno y peligroso.

El espacio forma parte del propio mecanismo de tensión de la serie.


Ricardo Bofill persigue exactamente lo contrario.

Su arquitectura no busca inquietar, sino despertar la curiosidad, no pretendiendo controlar al visitante, sino invitarlo a explorar.

No utiliza el recorrido para provocar miedo, sino para hacer que cada descubrimiento resulte más emocionante que el anterior.

Esa diferencia, aunque pueda parecer sutil, cambia por completo el significado del espacio.

Mientras la serie utiliza la arquitectura como una herramienta de opresión, La Muralla Roja la convierte en un instrumento para estimular la imaginación, favorecer el encuentro entre las personas y recordar que un edificio puede emocionar por su confortabilidad y por su relación con la naturaleza, tanto como cualquier otra manifestación artística.

Quizá por eso, más de cincuenta años después de su construcción, La Muralla Roja sigue fascinando a arquitectos, fotógrafos, cineastas y viajeros de todo el mundo.

No porque sus colores resulten especialmente fotogénicos.

Ni porque sus escaleras recuerden a una serie de televisión.



Sigue siendo una obra extraordinaria porque demuestra algo que a veces olvidamos: la arquitectura no se mide únicamente por la belleza de sus formas, sino por la intensidad de las emociones que es capaz de despertar.

Ricardo Bofill no diseñó simplemente un edificio.

Diseñó una manera de recorrer el espacio.

Diseñó la emoción de descubrir.

Y quizá esa sea la forma más hermosa y más difícil de entender la arquitectura.

 
 
 

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© 2026  por Iván Sousa Díaz

Colegiado Nº: C 806. Consello Galego dos Colexios de Delineantes e Técnicos Superiores Proxectistas - Colexio Oficial de Delineantes de A Coruña                                                                          

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